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Una
promesa cumplida
Los
gritos y los aplausos no entienden de medidas y errores
visuales.
EDH Deportes
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Verónica
Quijano cruza el primer obstáculo. Terminó
cuarta en el 400 con vallas.
Foto: EDH/ Nelson Dueña
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Cuando la salvadoreña Verónica Quijano
marcó los 200 metros y empezó a hacer
su esprint, muchos aficionados reunidos
en las gradas del Flor Blanca ya soñaban
con la medalla de oro en los 400 metros con vallas...
No era así. Sin embargo, la buena carrera que
había hecho Quijano la mantenía en la
pelea por las medallas del evento y un bronce parecía
casi seguro.
La vallista había salido sin problemas y fue
la quinta en pasar la primera valla, por detrás
de las grandes favoritas para el podio: Las boricuas
Harrison y Ortiz, así como la jamaiquina Shery
Morgan y Princesa Oliveros, de Colombia.
Pero la salvadoreña apuró el paso cuando
llegó a la segunda curva y, en los corazones
de la gente, la esperanza de que Verónica subiera
en las gradas del podio, no importando cual de los escalones
ocupara, aumentaron como la espuma.
En esos segundos, desde las butacas del estadio, no
importaba que Harrison se mantuviera al frente de la
salvadoreña o que la colombiana fuera una sombra
impertinente. Verónica iba hacia el frente y,
para cuando cruzó la octava valla, se colocó
en la segunda posición.
Pero la falta de una pista adecuada donde entrenar -Pasamos
tres meses sin un lugar adecuado para que Verónica
se entrenara, comentó Ricardo Guaderrama,
técnico de la salvadoreña- le pasó
la factura a la vallista y se vino a bajo cayendo a
la tercera posición de la competencia.
Las zancadas se hicieron menos frecuentes y el cansancio
parecía que se apoderaba de Quijano. Tras superar
el último obstáculo, la nacional bajó
la velocidad, una oportunidad de oro que no desaprovechó
Ortiz para colarse al tercera lugar y, luego al segundo.
Todo estaba dicho a 20 metros de la meta. Harrison,
al borde del desmayo, entró primera con 57.72
segundos. Atrás, su compatriota, se colgaba la
plata y Oliveros marchaba con el bronce. Verónica
entró en la cuarta plaza, justo cuando Harrison
caía fatigada a la pista.
Su tiempo: 58.29 segundos, 20 centésimas abajo
de su marca personal, a la sazón récord
nacional de la prueba. La gente seguía aplaudiendo.
No puedo prometer medallas... Mi meta es bajar
mi tiempo, había dicho la vallista y ayer
cumplió con su promesa.
Una competencia contra su marca personal
Verónica Quijano, vallista salvadoreña,
se prepara para la competencia. Una hora antes había
comenzado a calentar.
La partida. La nacional dejó el bloque muy despacio.
Adelante ya iban las puertorriqueñas Ivonne Harrison
y Yamelis Ortiz, a la larga oro y plata del evento.
Mientras Quijano llegaba a la octava valla, la gente
soñaba con una medalla en los 400 metros con
vallas. La nacional se mantenía en la segunda
posición de la competencia.
Para la novena valla, la nacional cedió la segunda
plaza a la colombiana Princesa Oliveros... Todavía
había esperanzas.
Los últimos 30 metros fueron fatales. La puertorriqueña
Ortiz sobrepasa a Quijano y la relega al cuarto lugar.
El último esfuerzo. Verónica sigue a paso
cansado. La meta se encuentra a una zancada pero parece
nunca llegar.
Cruza la meta mientras Harrison, oro en el evento, yace
de agotamiento en la pista. El tiempo de la nacional:
58.29.
Una familia de alta tensión
Los últimos rayos del sol doraban las graderías
del Estadio Nacional de la Flor Blanca. Sobre el césped
y la pista muchos atletas calentando. El público
llegaba poco a poco... como desganado.
Se sentaban a platicar o a degustar de alguna bebida.
Casi todos muy callados y tranquilos. Excepto Dimas
Joel que se revolvía en las gradas. La espera
se le hacía larga. A su corta edad, ser un quieto
espectador era imposible .
Las súplicas de su madre para tranquilizarlo
no hacían mella en su ánimo. Cabeceaba
como buscando algo que no podía encontrar.De
pronto sus gritos revolvieron el ambiente: ¡Mami,
allí está la Vero!. La figura de
la vallista salvadoreña Verónica Quijano
apareció y le dirigió un leve saludo a
este fiel espectador: Su hermano. Al saludo de suerte
se unieron Elena, su hermana, y Armida, su madre. La
familia entera de la atleta se había dado cita
para poner corazón y alma en la pista.
Apoyamos a Verónica en todo sentido. Aconsejándola,
haciéndole ver que esta es una competencia. Que
no siempre se gana. Aunque ella sabe que esta competencia
es bien fuerte, dice su madre, justo antes que
Dimas la interrumpa: Mami, quiero bajarme ver
a Vero. La madre lo disuade y prosigue: Cuando
la veo en posición de salida, la tensión
se vuelve horrible. Máxime ahorita, que sé
que ella está lesionada de una pierna.
Al sonido del disparo, todos se ponen de pie. La tensión
se adivinaba en sus rostros. Su madre aprieta sus manos
con fuerza como quien envía una profunda plegaria.¡Vamos
Verónicaaaaaaaa!. Sus gargantas enronquecen.
Justo entonces, Verónica pasa frente a ellos
y cruza la línea final. La tensión parece
disminuir y se sientan exhaustos.
Solo un suspiro queda en el ambiente. Quijano llegó
en cuarto lugar, pero para su familia es toda una campeona.
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