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ESCRIBANOS
 
6 de Diciembre de 2002
 
 

Una promesa cumplida

Los gritos y los aplausos no entienden de medidas y errores visuales.

EDH Deportes

Verónica Quijano cruza el primer obstáculo. Terminó cuarta en el 400 con vallas. Foto: EDH/ Nelson Dueña

Cuando la salvadoreña Verónica Quijano marcó los 200 metros y empezó a hacer su ‘esprint’, muchos aficionados reunidos en las gradas del “Flor Blanca” ya soñaban con la medalla de oro en los 400 metros con vallas...

No era así. Sin embargo, la buena carrera que había hecho Quijano la mantenía en la pelea por las medallas del evento y un bronce parecía casi seguro.

La vallista había salido sin problemas y fue la quinta en pasar la primera valla, por detrás de las grandes favoritas para el podio: Las boricuas Harrison y Ortiz, así como la jamaiquina Shery Morgan y Princesa Oliveros, de Colombia.

Pero la salvadoreña apuró el paso cuando llegó a la segunda curva y, en los corazones de la gente, la esperanza de que Verónica subiera en las gradas del podio, no importando cual de los escalones ocupara, aumentaron como la espuma.

En esos segundos, desde las butacas del estadio, no importaba que Harrison se mantuviera al frente de la salvadoreña o que la colombiana fuera una sombra impertinente. Verónica iba hacia el frente y, para cuando cruzó la octava valla, se colocó en la segunda posición.

Pero la falta de una pista adecuada donde entrenar -“Pasamos tres meses sin un lugar adecuado para que Verónica se entrenara”, comentó Ricardo Guaderrama, técnico de la salvadoreña- le pasó la factura a la vallista y se vino a bajo cayendo a la tercera posición de la competencia.

Las zancadas se hicieron menos frecuentes y el cansancio parecía que se apoderaba de Quijano. Tras superar el último obstáculo, la nacional bajó la velocidad, una oportunidad de oro que no desaprovechó Ortiz para colarse al tercera lugar y, luego al segundo.

Todo estaba dicho a 20 metros de la meta. Harrison, al borde del desmayo, entró primera con 57.72 segundos. Atrás, su compatriota, se colgaba la plata y Oliveros marchaba con el bronce. Verónica entró en la cuarta plaza, justo cuando Harrison caía fatigada a la pista.

Su tiempo: 58.29 segundos, 20 centésimas abajo de su marca personal, a la sazón récord nacional de la prueba. La gente seguía aplaudiendo. “No puedo prometer medallas... Mi meta es bajar mi tiempo”, había dicho la vallista y ayer cumplió con su promesa.

Una competencia contra su marca personal
Verónica Quijano, vallista salvadoreña, se prepara para la competencia. Una hora antes había comenzado a calentar.

La partida. La nacional dejó el bloque muy despacio. Adelante ya iban las puertorriqueñas Ivonne Harrison y Yamelis Ortiz, a la larga oro y plata del evento.

Mientras Quijano llegaba a la octava valla, la gente soñaba con una medalla en los 400 metros con vallas. La nacional se mantenía en la segunda posición de la competencia.

Para la novena valla, la nacional cedió la segunda plaza a la colombiana Princesa Oliveros... Todavía había esperanzas.

Los últimos 30 metros fueron fatales. La puertorriqueña Ortiz sobrepasa a Quijano y la relega al cuarto lugar.

El último esfuerzo. Verónica sigue a paso cansado. La meta se encuentra a una zancada pero parece nunca llegar.

Cruza la meta mientras Harrison, oro en el evento, yace de agotamiento en la pista. El tiempo de la nacional: 58.29.

Una familia de alta tensión

Los últimos rayos del sol doraban las graderías del Estadio Nacional de la Flor Blanca. Sobre el césped y la pista muchos atletas calentando. El público llegaba poco a poco... como desganado.

Se sentaban a platicar o a degustar de alguna bebida. Casi todos muy callados y tranquilos. Excepto Dimas Joel que se revolvía en las gradas. La espera se le hacía larga. A su corta edad, ser un quieto espectador era imposible .

Las súplicas de su madre para tranquilizarlo no hacían mella en su ánimo. Cabeceaba como buscando algo que no podía encontrar.De pronto sus gritos revolvieron el ambiente: “¡Mami, allí está la Vero!”. La figura de la vallista salvadoreña Verónica Quijano apareció y le dirigió un leve saludo a este fiel espectador: Su hermano. Al saludo de suerte se unieron Elena, su hermana, y Armida, su madre. La familia entera de la atleta se había dado cita para poner corazón y alma en la pista.

“Apoyamos a Verónica en todo sentido. Aconsejándola, haciéndole ver que esta es una competencia. Que no siempre se gana. Aunque ella sabe que esta competencia es bien fuerte”, dice su madre, justo antes que Dimas la interrumpa: “Mami, quiero bajarme ver a Vero”. La madre lo disuade y prosigue: “Cuando la veo en posición de salida, la tensión se vuelve horrible. Máxime ahorita, que sé que ella está lesionada de una pierna”.

Al sonido del disparo, todos se ponen de pie. La tensión se adivinaba en sus rostros. Su madre aprieta sus manos con fuerza como quien envía una profunda plegaria.“¡Vamos Verónicaaaaaaaa!”. Sus gargantas enronquecen.

Justo entonces, Verónica pasa frente a ellos y cruza la línea final. La tensión parece disminuir y se sientan exhaustos.
Solo un suspiro queda en el ambiente. Quijano llegó en cuarto lugar, pero para su familia es toda una campeona.


 
 
 
 
 

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