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8 de Diciembre de 2002
 
 

EL ORO AMASADO CON SUDOR Y AMOR PROPIO

¡Apoteósico, brillante y alentador! El equipo salvadoreño de fútbol rompió la sequía de 48 años sin medallas al conseguir el oro en un partido donde sobró la garra

ROBERTO AGUILA
EDH

LUIS CASTRO SE CONVIRTIÓ CON SUS LANCES EN LA FIGURA DEL JUEGO DE AYER ENTRE EL SALVADOR Y MÉXICO.
Foto Alvaro Lopez

Por encima de toda la lucha que desplegó el equipo salvadoreño para no ser menos que nadie en el campo, y por sobre la brillantez de su conquista, queda la alegría que derramó sobre su pueblo agradecido.

Toda esa gente que pobló las tribunas del Estadio Cuscatlán, que vivió intensamente cada minuto del partido, que sufrió como siempre cada llegada del rival, y que, al final, se marchó a su casa con el festejo en la mano, gritando vivas a El Salvador, sonando la bocina del carro, y abrazada a una medalla de oro que venía anhelando desde hacía 48 años.

Ese es el gran regalo que los hombres de Juan Ramón Paredes le hicieron a su pueblo agradecido, justamente por haber sido machos durante los 120 minutos de partido, y por la sangre fría demostrada a la hora de definir la victoria en la tanda de pénales.

Ahora es el momento de entregarse al festejo, porque lo ganado y en la forma en que se ganó, se puede decir, sin temor a equivocarnos, que fue la medalla con más significado y mejor oro puro de todas las que se sumaron a la cosecha salvadoreña.

El gran mérito

Todo comenzó con la actitud asumida por los muchachos desde el pitazo inicial, cuando salieron a encarar el partido como debe ser: sin miedo, con ambición, proponiendo la lucha con las mismas armas como queríamos verlos.

Y tras esa actitud salió lo otro, la muestra de que jugando sin perder la cabeza y el orden funcional, todo el bagaje de calidad técnica, de destreza para ganar en el mano a mano, y la sabiduría para juntarse en el toque y producir fútbol asociado, sale sin apuro.

Este fue el gran mérito que desplegó el equipo para contestar con ataque todas las llegadas mexicanas, para tener la pelota tanto como el rival, para no desordenarse ni entrar en pánico cuando México se puso en ventaja con el gol de Rafael Márquez al minuto 13.

Quedaba mucho trecho por jugar, y hubo conciencia de que en lapso tan largo las cosas se podían arreglar. Y fue entonces que apareció la actitud para no desesperar, para entender que al gol se llega buscándolo, sin apuros y con la mente fría.

Fue una postura notable que encierra madurez en muchachos que apenas pasan de los 20 años, y fue, justamente por éso que llegaron al gol cuando parecía que se iban al descanso en derrota: centro de Roberto Ochoa, cabezazo en devolución de Ramón Sánchez, y derechazo de Josué Galdámez para el 1-1.

Después fue lucha, garra, pundonor, cuidando el propio arco pero sin olvidarse del de México. Con aplomo para resolver en el fondo, y ambición para intentar en ataque.

Lo demás no importó

Luego del empate en los 90 minutos, llegó el alargue. Fue un lapso sufrido, es cierto, porque las piernas ya no respondían como antes y las mentes se habían nublado un poco. Y México pareció revivir de un letargo de pasividad y apretó el paso por instantes.

Pero no importó, porque los hombres de Juan Ramón Paredes seguían con el coraje en el pecho, y cada incursión mexicana moría en los relevos de Roberto Ochoa, en el sacrificio de Gilberto Murgas, en los perfectos cruces de Marvin González y en la inspiración de un inspirado Luis Castro.

Tampoco importaba porque todavía quedaba algo de voluntad para seguir insistiendo en ataque con la subida de Alfredo Pacheco y la tenacidad de Josué Galdámez. Así, se arribó sin temblor en las piernas a la lotería de los tiros de penal.

Había en el ambiente cierto optimismo para las instancias de los pénales, por la actitud desplegada por los muchachos durante los 120 minutos, y por la gran faena ofrecida por el “Manotas” Castro.

Y aquel optimismo resultó ser un presagio de triunfo, porque el arquero Castro le tapó el primer tiro al mexicano Luis Ernesto Pérez, y el triunfo quedó servido para El Salvador.

Nuestros tiradores fueron infalibles, certeros y brillantes, ques anotaron sucessivamente hasta establecer la diferencia de 4x3. Fue cuando todos abrimos los grifos de la alegría y de la fiesta de oro puro.


 
 
 
 
 

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