|
EL
ORO AMASADO CON SUDOR Y AMOR PROPIO
¡Apoteósico,
brillante y alentador! El equipo salvadoreño de
fútbol rompió la sequía de 48 años
sin medallas al conseguir el oro en un partido donde sobró
la garra
ROBERTO
AGUILA
EDH
 |
LUIS CASTRO SE CONVIRTIÓ
CON SUS LANCES EN LA FIGURA DEL JUEGO DE AYER ENTRE
EL SALVADOR Y MÉXICO.
Foto Alvaro Lopez |
Por encima de toda la lucha que desplegó
el equipo salvadoreño para no ser menos que nadie
en el campo, y por sobre la brillantez de su conquista,
queda la alegría que derramó sobre su
pueblo agradecido.
Toda esa gente que pobló las tribunas del Estadio
Cuscatlán, que vivió intensamente cada
minuto del partido, que sufrió como siempre cada
llegada del rival, y que, al final, se marchó
a su casa con el festejo en la mano, gritando vivas
a El Salvador, sonando la bocina del carro, y abrazada
a una medalla de oro que venía anhelando desde
hacía 48 años.
Ese es el gran regalo que los hombres de Juan Ramón
Paredes le hicieron a su pueblo agradecido, justamente
por haber sido machos durante los 120 minutos de partido,
y por la sangre fría demostrada a la hora de
definir la victoria en la tanda de pénales.
Ahora es el momento de entregarse al festejo, porque
lo ganado y en la forma en que se ganó, se puede
decir, sin temor a equivocarnos, que fue la medalla
con más significado y mejor oro puro de todas
las que se sumaron a la cosecha salvadoreña.
El gran mérito
Todo comenzó con la actitud asumida por los muchachos
desde el pitazo inicial, cuando salieron a encarar el
partido como debe ser: sin miedo, con ambición,
proponiendo la lucha con las mismas armas como queríamos
verlos.
Y tras esa actitud salió lo otro, la muestra
de que jugando sin perder la cabeza y el orden funcional,
todo el bagaje de calidad técnica, de destreza
para ganar en el mano a mano, y la sabiduría
para juntarse en el toque y producir fútbol asociado,
sale sin apuro.
Este fue el gran mérito que desplegó el
equipo para contestar con ataque todas las llegadas
mexicanas, para tener la pelota tanto como el rival,
para no desordenarse ni entrar en pánico cuando
México se puso en ventaja con el gol de Rafael
Márquez al minuto 13.
Quedaba mucho trecho por jugar, y hubo conciencia de
que en lapso tan largo las cosas se podían arreglar.
Y fue entonces que apareció la actitud para no
desesperar, para entender que al gol se llega buscándolo,
sin apuros y con la mente fría.
Fue una postura notable que encierra madurez en muchachos
que apenas pasan de los 20 años, y fue, justamente
por éso que llegaron al gol cuando parecía
que se iban al descanso en derrota: centro de Roberto
Ochoa, cabezazo en devolución de Ramón
Sánchez, y derechazo de Josué Galdámez
para el 1-1.
Después fue lucha, garra, pundonor, cuidando
el propio arco pero sin olvidarse del de México.
Con aplomo para resolver en el fondo, y ambición
para intentar en ataque.
Lo demás no importó
Luego del empate en los 90 minutos, llegó el
alargue. Fue un lapso sufrido, es cierto, porque las
piernas ya no respondían como antes y las mentes
se habían nublado un poco. Y México pareció
revivir de un letargo de pasividad y apretó el
paso por instantes.
Pero no importó, porque los hombres de Juan Ramón
Paredes seguían con el coraje en el pecho, y
cada incursión mexicana moría en los relevos
de Roberto Ochoa, en el sacrificio de Gilberto Murgas,
en los perfectos cruces de Marvin González y
en la inspiración de un inspirado Luis Castro.
Tampoco importaba porque todavía quedaba algo
de voluntad para seguir insistiendo en ataque con la
subida de Alfredo Pacheco y la tenacidad de Josué
Galdámez. Así, se arribó sin temblor
en las piernas a la lotería de los tiros de penal.
Había en el ambiente cierto optimismo para las
instancias de los pénales, por la actitud desplegada
por los muchachos durante los 120 minutos, y por la
gran faena ofrecida por el Manotas Castro.
Y aquel optimismo resultó ser un presagio de
triunfo, porque el arquero Castro le tapó el
primer tiro al mexicano Luis Ernesto Pérez, y
el triunfo quedó servido para El Salvador.
Nuestros tiradores fueron infalibles, certeros y brillantes,
ques anotaron sucessivamente hasta establecer la diferencia
de 4x3. Fue cuando todos abrimos los grifos de la alegría
y de la fiesta de oro puro.
|